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17 marzo, 2009

a Fer

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Qué voy a hacer sin ti. Dónde te voy a encontrar otra vez. A qué país habré de ir, por que calles, y que puentes, cuánta baldosa, cuántas risas y cuántas palabras tendré que escuchar para volver a encontrarte. Nunca he entendido, ni quiero entender esta filosofía de las distancias, y los adioses necesarios y repentinos. Te has ido a reventar los sueños que tantas veces me gritaste y pensaste imposibles. Y yo diciendo sí, sí ya verás que sí. Ahora sólo me toca cargar con el peso de mis palabras. Te extraño ya, y desesperadamente. Por qué te has llevado todo lo que aquí, de repente, valía la pena. No puedo pensar ya en alguien que me sepa más que tú. Te recuerdo cuando llegue a esta ciudad. Y te recuerdo después, en tu habitación, en la mía, en la banqueta fuera de la escuela, en la banqueta fuera de mi oficina, y en la banca gris fuera de tu hospital. Te recuerdo en cada puto punto de esta ciudad que fue nuestro testigo, durante días y días que parecieron eternos, rojos, con sabor a diferentes cervezas y ruido de muchas risas y nerviosismo. No hay nadie, en este enorme mundo, y en este profundo instante, a quién yo necesite más que a ti. Me digo: no te has ido. Estás aquí, y la Hábana aún esta muy lejos, y tú estas aquí.
Te quiero como a nadie, y te espero siempre.
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09 febrero, 2009

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-No bueno, no te voy a mentir-.
Decirte que este lugar con demasiada vida me llena sin
siquiera recordar tu rostro. No, yo no te voy a mentir.
Decir muchas cosas que a las tres con quince me hacen feliz,
doliéndome desde dentro la insistencia famélica.
Ser incoherente entonces al decir,
“sí, sí, hoy mismo soy más puta, alcohólica y perdida,
al día que te conocí”. Pero no pienso en mentirte.
Más bien aseguro mis labios, justo en el lugar que
ocupan en mi rostro, es necesario amarrarlos con
cuerdas que no provengan de tus cabellos.
Y esta mañana pensaba en escribirte algo más alegre,
tal vez “aquí, todo el tiempo huele a cerezas y a lluvia…”
o “siempre tropiezo con tus pies en las esquinas verdes y
diminutas de este lugar…” Escribirte algo,
que dejara ver mi estupida manera de venerar tu ausencia,
de estar tendida en suelo haciendo el teatro continuo,
con los mismos ojos que ya sabes de memoria, demostrar la
debilidad de mi piel a tus minutos fugaces. Y no lo quise así.
Decidí plantarme en este mismo café (de las seis de la tarde)
cruzar la pierna sobre la otra con botas azules, pintarme los labios,
mientras sentía los flujos extranjeros y sonrisas dadivosas,
sentarme en la mesa de madera en la esquina, sacar la hoja descuidada,
un bolígrafo, cualquier bolígrafo, escribirte:
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No te mentiré: Te extraño, pero no te necesito.

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