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Qué voy a hacer sin ti. Dónde te voy a encontrar otra vez. A qué país habré de ir, por que calles, y que puentes, cuánta baldosa, cuántas risas y cuántas palabras tendré que escuchar para volver a encontrarte. Nunca he entendido, ni quiero entender esta filosofía de las distancias, y los adioses necesarios y repentinos. Te has ido a reventar los sueños que tantas veces me gritaste y pensaste imposibles. Y yo diciendo sí, sí ya verás que sí. Ahora sólo me toca cargar con el peso de mis palabras. Te extraño ya, y desesperadamente. Por qué te has llevado todo lo que aquí, de repente, valía la pena. No puedo pensar ya en alguien que me sepa más que tú. Te recuerdo cuando llegue a esta ciudad. Y te recuerdo después, en tu habitación, en la mía, en la banqueta fuera de la escuela, en la banqueta fuera de mi oficina, y en la banca gris fuera de tu hospital. Te recuerdo en cada puto punto de esta ciudad que fue nuestro testigo, durante días y días que parecieron eternos, rojos, con sabor a diferentes cervezas y ruido de muchas risas y nerviosismo. No hay nadie, en este enorme mundo, y en este profundo instante, a quién yo necesite más que a ti. Me digo: no te has ido. Estás aquí, y la Hábana aún esta muy lejos, y tú estas aquí.
Te quiero como a nadie, y te espero siempre.
Te quiero como a nadie, y te espero siempre.
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